El capítulo inicial fue una auténtica montaña rusa táctica donde ninguno de los dos tenistas lograba afianzar su servicio. Santana saltó a la arcilla con un ritmo eléctrico, moviendo la pelota con un slice incómodo y forzando intercambios larguísimos que llevaron la definición más allá del límite convencional. Fue allí, en el ojo de la tormenta y al borde del abismo, donde emergió la mejor versión mental de Katz; templando el pulso en los puntos calientes y encadenando devoluciones milimétricas a las líneas, logró dar el zarpazo definitivo para adjudicarse el primer set por un infartante 9-7.
Haber destrabado esa interminable batalla inicial funcionó como un golpe letal en la moral de su rival y un bálsamo de confianza absoluta para Alejandro Katz. En el segundo capítulo, el vencedor soltó el brazo, calibró su drive y manejó las alturas a su antojo ante un Nicolás Santana que acusó de inmediato el desgaste físico de la primera hora de juego. Sin sacar el pie del acelerador y dictando las condiciones de punta a punta, Katz sentenció la historia con un inapelable 6-2, metiéndose en la siguiente ronda con el ánimo por las nubes.